El
hombre que hoy, con toda justicia, e s
conocido en el mundo entero como el Libertador, nació
en Caracas el 24 de julio de 1783. Su ciudad natal, capital
entonces de la Capitanía General de Venezuela, provincia
del
Imperio Español, sería en 1810 la matriz del movimiento
independentista hispanoamericano. El recién nacido, cuarto
vástago del matrimonio formado por el coronel Juan Vicente
Bolívar Ponte y doña María de la Concepción
Palacios Blanco, criollos ambos, fue bautizado en la Catedral
con los nombres de Simón José Antonio de la Santísima
Trinidad. Pero la historia lo llama Simón Bolívar,
el Libertador. Su ejemplo, su acción, su pensamiento
- su legado , en suma - están más vigentes que
nunca. Pues él actuó, sintió, reflexionó
y escribió para su época, y también para
la posteridad.
Los Bolívar-Palacios,
familias arraigadas desde hacía varias generaciones
al suelo americano, pertenecían a la encumbrada y poderosa
clase social de los 'mantuanos', que dentro de la Provincia
tenían la primacía en todo, excepto el pleno
poder político. Simón vino al mundo 'en cuna
de oro' y, además, al poco tiempo un pariente suyo
el padre Juan Félix Jérez-Aristiguieta y Bolívar
instituyó en su favor un rico patrimonio, llamado 'Vínculo
de la Concepción'.
Simón, cuya madre no podía amamantarlo,
tuvo por nodriza a una vitalmente robusta y san esclava de
la familia, la negra Hipólita. Esta no sólo
calmó con su seno el apetito del niño (sustituyendo
a una amiga de doña Concepción, la dama cubana
Inés Mancebo de Miyares, que lo alimentó unos
días) sino que se ocupó luego de él,
ya más crecido; sobre todo después de la muerte
del coronel Bolívar, ocurrida cuando Simón tenía
apenas dos años y medio. Junto con su veneración
por doña Concepción, su 'buena madre', y el
cariño a doña Inés, Bolívar guardó
siempre en su pecho un sentimiento de afecto, gratitud y respeto
hacia la esclava que, en su tierna infancia, le sirvió
de guía y cumplió para con él las funciones
de un padre, después de haber sido su nodriza.
Alrededor de 1790 la señora Bolívar,
con sus hijos María Antonia, Juana, Juan Vicente, Simón,
con otros parientes y amistades, iba de paseo a sus haciendas,
especialmente a la de San Mateo, en los valles de Aragua.
La serena belleza del paisaje tropical despertaría
entonces en Simón el amor a la naturaleza que nunca
dejó de sentir y que expresó más tarde,
ya adulto, en sus decretos conservasionistas.
El encanto se quebró el 6 de julio
de 1792, al morir su madre, probablemente de tisis, en Caracas.
Los Bolívar-Palacios quedaron huérfanos. Las
dos hijas, aunque muy jóvenes, no tardaron en casarse.
El abuelo materno, don Feliciano, fue tutor de Simón,
quien contaba 9 años. Aquel mismo muchacho que sintió
en su alma el frío y el vacío de la orfandad
-aunque no el abandono ni las privaciones- fue el mismo que
treinta años después dictaría un decreto
para proteger a la infancia desvalida: '... un gran parte
de los males de que adolece la sociedad, proviene del abandono
en que se crían muchos individuos por haber perdido
en su infancia el apoyo de sus padres', escribía en
Chuquisaca en 1825.
El niño Simón que había
aprendido a leer, escribir y contar con varios preceptores,
asistió a la Escuela Pública, regentada por
el educador venezolano Simón Rodríguez, hombre
de originales y progresistas ideas pedagógicas y sociales,
quien ejercería luego una profunda influencia sobre
Bolívar. Entre tanto, murió el abuelo, y la
tutoría recayó en Carlos Palacios, tío
de Simón, con quien éste no se entendía
muy bien. Don Carlos, soltero, pasaba mucho tiempo en sus
haciendas, y Simón salía a pasear, a pie y a
caballo, por Caracas y sus alrededores, en compañía
de muchachos que no eran 'de su clase'.
Al cumplir 12 años, el niño,
en ausencia del tutor, se fugó de su casa y fue a buscar
calor de hogar en la de su hermana María Antonia y
su esposo. Esto suscitó un pleito, que terminó
cuando Bolívar, a pesar de su resistencia, fue conducido,
en calidad de interno, a la casa de su maestro Simón
Rodríguez.
La recia personalidad de aquel muchacho, que
más tarde habría de convertirse en el Libertador
y ser conocido por su firmeza y constancia, se puso ya de
manifiesto en aquel momento. Cuando quisieron llevarle a la
fuerza a otra casa, él se resistió, diciendo
que de sus bienes podrían disponer, pero no de su persona,
pues en ésta sólo mandaba él. Otra vez
exclamó que si los esclavos tenían derecho a
cambiar de amo por lo menos a él debía permitírsele
vivir en la casa que mejor le acomodase. Sin embargo, tuvo
que ceder.
En estas circunstancias, Rodríguez
logró ganarse la confianza y se convirtió desde
entonces en 'El Maestro' de Bolívar. Entre ellos, durante
esos pocos meses de 1795, se anudaron estrechos lazos de simpatía,
que no cesarían sino con la muerte.
La siembra afectiva en el espíritu
del joven pupilo la hizo en caracas Rodríguez, no con
teorías a la Rousseau, sino con tacto, comprensión,
sensibilidad y firmeza. Le impartiría también
conocimientos; pero más que éstos, lo importante
fue cómo le abrió los ojos, la mente y el corazón
a las perspectivas de una vida consagrada a un ideal. Por
esto le escribía Bolívar a su antiguo maestro
en 1824: 'Usted formó mi corazón para la libertad,
para la justicia, para lo grande, para lo hermoso...'
En 1799 viajó por primera vez a España,
visitando de paso Veracruz y Ciudad de México y haciendo
una corta escala en la Habana. En Madrid, bajo la dirección
de sus tíos Esteban y Pedro Palacios y del sabio Marqués
de Ustáriz, su mentor intelectual, Simón perfeccionó
sus conocimientos literarios y científicos (el francés,
la historia, las matemáticas, etc.) y su educación
de hombre de mundo con la esgrima y el baile. La frecuentación
de tertulias y salones en la corte pulió su espíritu,
enriqueció su idioma y le dio mayor aplomo.
Conoció a María Teresa Rodríguez
del Toro y Alaiza, joven española con antepasados venezolanos,
de la cual se enamoró. 'Amable hechizo del alma mía',
le decía en sus cartas. Pensaba en construir un hogar,
tener descendencia y volver a Venezuela para atender al fomento
de sus propiedades. Pero hubo un compás de espera:
en la primavera de 1801, viajó a Bilbao, donde permaneció
casi todo el resto del año. Hizo luego un breve recorrido
por Francia que le condujo a París y Amiens. Le encantó
ese país, su cultura y su gente. En mayo de 1802, estaba
de nuevo en Madrid, donde contrajo matrimonio, el día
26, con María Teresa. Los jóvenes esposos viajaron
a Venezuela, donde llegaron en julio; pero poco duró
la felicidad de Simón. María Teresa murió
en enero de 1803.
En una carta dirigida desde Caracas a un amigo
suyo que vivía en Francia, Bolívar expresaba
sus sentimientos ante la muerte de la esposa: 'Yo la he perdido;
y con ella la vida de dulzura de que gozaba mi tierno pecho
conmovido del Dios de Amor... el dolor un solo instante no
me deja consuelo'. Era una emoción profunda y sincera,
expresada en el lenguaje del romanticismo que entonces empezaba
a tener boga en la vida real, antes de penetrar la literatura.
El joven viudo regresó a Europa a fines de ese mismo
año, pasó por Cádiz y Madrid, y se estableció
en París desde la primavera de 1804.
Allí Bolívar llevó una
intensa vida social, y disfrutó los placeres que brindaba
la gran ciudad. Tuvo amores con una dama francesa que se decía
su prima, Fanny Du Villars, cuyo salón frecuentaba,
y al cual acudían políticos, militares, diplomáticos,
científicos, negociantes y hermosas mujeres. Pero también
leyó mucho, asistió a conferencias, y observó
con sagaz mirada los acontecimientos políticos y militares
que estaban cambiando al mundo. Era la época, en 1804,
en que Napoleón se convertía en emperador. Este
hecho impresionó mucho a Bolívar, quien admiraba
el genio militar de Bonaparte, pero criticaba su ascenso al
trono imperial. En sus conversaciones con los sabios Humbolt
y Bonpland - sobre todo con el segundo, más receptivo
- ya Bolívar tocaba el tema de la independencia suramericana.
Se encontró en Francia con su maestro
Simón Rodríguez, un excelente compañero
para la aventura intelectual, para la lectura y la discusión.
Una misma pasión de saber y libertad les poseía.
Juntos viajaron a Italia en 1805. Hicieron parte del recorrido
a pie, al cruzar los Alpes. En Roma, un día de agosto
de 1805, subieron a la cima del Monte Sacro, donde Bolívar,
en tono solemne, juró no dar descanso a su alma ni
reposo a su brazo hasta lograr que Hispanoamérica fuese
libre del dominio español. Fue un hermoso gesto romántico,
pero no sólo un gesto, pues Bolívar cumplió
luego su juramento. Por eso es el Libertador: porque prometió...
y cumplió su promesa.
Tras una visita a Nápoles, Bolívar
regresa a París donde a comienzos de 1806 se afilia
por breve tiempo a la masonería. A fines de ese mismo
año se embarca en Hamburgo en un buque neutral que
toca Charleston en enero de 1807; recorre una parte de los
Estados Unidos, y regresa a Venezuela a mediados del mismo
año. Durante su permanencia en la República
del Norte - según lo declaró más tarde
- vio por primera vez en su vida el ejercicio de la 'libertad
racional'.
Desde mediados de 1807 hasta comienzos de
1810, permaneció en Caracas y en sus haciendas, atendiendo
al fomento de las propiedades que había heredado de
sus padres. Durante ese tiempo sostuvo un pleito - que casi
llegó a un enfrentamiento personal - con un hacendado
vecino, Antonio Nicolás Briceño. Fué
también nombrado teniente de justicia mayor en Yare.
Pero no olvidaba el Juramento de Roma. En las reuniones que
él y su hermano Juan Vicente celebraron con sus amigos
en la quinta el recreo que poseían en Caracas a orillas
del río Guaire, se hablaba de literatura, pero también
se hacían planes para la independencia de Venezuela.
El momento llegó cuando el 19 de abril
de 1810 se inició en Caracas la revolución de
la independencia. Bolívar ascendido a coronel, fue
comisionado por la Junta de Caracas, junto con Luis López
Méndez y Andrés Bello, para viajar a Londres,
y exponer ante el gobierno británico los deseos de
Venezuela, que eran los de mantenerse por lo menos en autonomía
respecto al gobierno que en España había tomado
el mando luego de haber sido apresado el rey Fernando VII
por Napoleón. Bolívar, en su fuero interno,
iba más lejos, pues aspiraba a la independencia total.
De todos modos, los gobernantes ingleses guardaron una prudente
reserva. En Londres, donde permaneció dos meses, Bolívar
- que contó con el entusiasta y franco apoyo de Miranda
- pudo apreciar el funcionamiento práctico de las instituciones
en el equilibrado sistema político británico.
A fines de aquel mismo año, Bolívar
estaba de regreso. Poco después, llegó Miranda
a su patria. Como miembro prominente de la Sociedad Patriótica,
Club Revolucionario, Bolívar fue uno de los más
decididos partidarios de que el Congreso declarase la independencia.
Después del 5 de julio de 1811, combatió bajo
las órdenes del general Miranda para someter a los
realistas que se habían alzado en Valencia. El 23 de
julio de 1811 recibió Bolívar su 'bautismo de
fuego', es decir, peleó por primera vez.
El 26 de marzo de 1812, cuando un terremoto
causa grandes daños materiales y muchísimas
pérdidas de vidas en Caracas y en otras poblaciones,
Bolívar, en la plaza de San Jacinto, sobre un montón
de ruinas, lanza su conocida exclamación: 'Si se opone
la naturaleza a nuestros designios lucharemos contra ella
y la haremos que nos obedezca'. Es la actitud de un hombre
que no se rinde, que no desmaya nunca, cualesquiera que sean
las dificultades que encuentra en su camino; es, también,
un intento para contrarrestar el desaliento y el terror que
se han apoderado de muchos republicanos ante tan tremenda
catástrofe.
Para Bolívar, la voluntad, siempre
tensa, debería vencer cualquier obstáculo para
afianzar la independencia. Otros se les presentaron meses
más tarde, debido no a la naturaleza, sino a los hombres.
Siendo comandante de la plaza de Puerto Cabello, no pudo impedir,
a pesar de sus esfuerzos, que cayese en manos de los realistas
debido a una traición. Bolívar vio allí
como sus propios soldados se pasaban a los españoles
y tuvo que huir con un puño de oficiales fieles. Fue
un golpe durísimo para él. Semanas después,
el general Miranda tuvo que capitular ante el jefe realista
Monteverde, y la primera República de Venezuela se
extinguió. En la Guaira, un grupo de oficiales jóvenes,
entre los cuales figuraba Bolívar, deseosos de continuar
luchando, arrestaron al infortunado Precursor Miranda; pero
todo resultó inútil.
Bolívar logró obtener un pasaporte
gracias a la generosa intervención de su amigo Iturbe,
y pudo marchar al exilio, a Curazao. De allí pasó
a Cartagena de Indias, donde el 15 de diciembre de 1812 publicó
un manifiesto en el cual expuso ya las ideas principales que
guiarían su acción en los años próximos:
la unidad de mando para luchar hasta conseguir la victoria,
y la unión de todos los países hispanoamericanos
para lograr y consolidar la independencia y la libertad.
Esos principios son claros y sencillos. Bolívar
se da cuenta de que el fracaso de 1812 tuvo sus raíces
en la desunión. hay que concentrar los esfuerzos de
todos los americanos para ganar la guerra, a fin de poder
organizar después las nuevas naciones. Es necesario
convencer a los criollos de la justicia de su causa y atraerlos
para que luchen en favor de la independencia. Finalmente,
ésta no podrá sostenerse en uno solo de los
países de América: para que sea viable, es indispensable
la unión de todos los americanos a fin de conquistar
la libertad, consolidarla y defenderla contra cualquiera otra
potencia imperialista que intente apoderarse de las antiguas
colonias españolas de América aprovechándose
de la crisis.
Poco después, transforma sus palabras
en hechos. A la cabeza de un pequeño ejército
limpia de enemigos los márgenes del río Magdalena,
toma en febrero de 1813 la Villa de Cúcuta e inicia
en mayo la liberación de Venezuela.
La serie de combates y de hábiles maniobras
que en tres meses le condujeron vencedor desde la frontera
del Táchira hasta Caracas, donde entró el 6
de agosto, merecen en verdad el nombre de Campaña Admirable.
A su paso por Trujillo, el 15 de junio, había dictado
el Decreto de Guerra a Muerte, con el objeto de afirmar el
sentimiento nacional de los venezolanos y lograr una mayor
cohesión.
Poco antes, en la ciudad de Mérida,
los pueblos le habían aclamado Libertador, título
que le confieren solemnemente, en octubre de 1813, la Municipalidad
y el pueblo de Caracas, y con el cual ha pasado a la Historia.
El período que va de agosto de 1813
a julio de 1814 (La Segunda República) es en verdad
el Año Terrible de la Historia de Venezuela. La Guerra
a Muerte hace furor, y los combates y batallas indecisos,
afortunados o perdidos se suceden unos a otros con gran rapidez.
Girardot y Ricaurte se sacrifican heroicamente. Urdaneta,
impávido, defiende Valencia. Ribas triunfa en la Victoria.
Mariño (que había liberado antes el Oriente
del país), acude en auxilio de Bolívar y logra
la victoria de Bocachica. Bolívar se defiende tenazmente
en el campo atrincherado de San Mateo, y está en todas
partes. Entre batalla y batalla, solicita el apoyo de los
próceres civiles para restaurar las instituciones,
expide proclamas y decretos, redacta artículos para
la Gaceta de Caracas.
Pero finalmente los realistas mandados, por
el audaz e infatigable Boves, derrotan en la Puerta, en junio
de 1814, a Bolívar y Mariño. La Segunda República
está herida de muerte. Los patriotas tienen que abandonar
Caracas. Una gran emigración, pueblo y ejército
unidos, se dirige hacia Barcelona y Cumaná. Los republicanos
sufren una derrota en Aragua de Barcelona.
En Carúpano, Bolívar y Mariño
ven desconocida su autoridad por sus propios compañeros
de armas. Después de lanzar un manifiesto en el cual
se reconoce los reveses sufridos, analiza las causas y reitera
su confianza en la victoria final, el Libertador se traslada
a la Nueva Granada, donde halla por segunda vez fraterno asilo.
Allí interviene, con varia suerte, en las luchas políticas
internas, buscando siempre el fortalecimiento de la unidad.
En mayo de 1815, para evitar una enconada guerra civil, abandona
el mando y marcha a la colonia británica de Jamaica.
Entre tanto, una poderosa escuadra y un aguerrido ejército
español, al mando del General Pablo Morillo, llegan
a Venezuela. La causa de la Independencia parece perdida.
En Jamaica permanecerá Bolívar
hasta diciembre de 1815. Allí escribe su célebre
Carta de Jamaica, donde el análisis del pasado y presente
de Hispanoamérica le permite considerar el porvenir
con esperanza. El estudio y la reflexión avalan y sustentan
su visión profética. Prevé ya, desde
entonces, la reunión del Congreso de Panamá
y esboza su proyecto de crear la Gran República de
Colombia.
Después de haberse librado milagrosamente
en Kingston de un intento de asesinato por un criado suyo
sobornado, el Libertador se dirige a la República de
Haití, donde obtiene generoso apoyo del Presidente
Alejandro Petión. Gracias a él, sale de aquella
isla la expedición de Los Cayos, que toca en Margarita,
y luego en Carúpano y Ocumare de la Costa. En esos
lugares proclama la emancipación de los esclavos, pues
está convencido de que un país que combate por
la libertad no puede albergar en su seno el cáncer
social de la esclavitud. Sin embargo, las circunstancias económico-sociales
hacen inútiles estos y otros esfuerzos suyos en tal
sentido.
Separado en Ocumare del grueso de sus fuerzas,
Bolívar está a punto de caer prisionero, y decide
suicidarse antes de sufrir tal ignominia; por fortuna, el
mulato Bideau lo salva y lo conduce a bordo de un buque. Regresa
a Haití, donde obtiene nuevamente la ayuda del Presidente
Petión y logra a fines de 1816 volver a Margarita y
pasar de allí a Barcelona, en enero de 1817.
Su objetivo es ahora la liberación
de Guayana, a fin de convertirla en la base de las próximas
ofensivas republicanas y en el punto de contacto con el exterior
a través del río Orinoco. Cuenta allí
con el ejército que rige entonces el general Manuel
Piar, que ya ha iniciado la conquista. En junio, la capital,
Angostura (hoy ciudad Bolívar), cae en poder de los
patriotas. Allí se organiza el gobierno con Bolívar
como Jefe Supremo. A la vez que combate contra los españoles,
Bolívar ha de enfrentarse a la anarquía; en
octubre de 1817 se produce el fusilamiento del general Piar,
condenado a muerte por un Consejo de Guerra. Por esos días,
el Libertador decreta la repartición de Bienes Nacionales
entre los miembros de las Fuerzas Armadas: es una medida justa
que contribuye a la consolidación institucional. En
1818, la campaña del centro, feliz al principio, casi
logra la libertad a Caracas pero termina sin alcanzar sus
objetivos.
Los valientes llaneros que antes habían
luchado, muchos de ellos, a favor de España bajo las
órdenes de Boves, pelean ya por la República
conducidos por el general José Antonio Paéz,
quién se ha unido al Libertador. Llegan también
numerosos voluntarios europeos. En medio de la guerra, Bolívar
se preocupa por organizar el Estado de Derecho, y convoca
a un Congreso, que reúne en Angostura el 15 de febrero
de 1819.
El Libertador pronuncia, al inaugurarlo, un
discurso donde está condensado lo esencial de su pensamiento
social y político-constitucional. Les presenta un proyecto
de Constitución y les pide que para moralizar a la
sociedad adopten el Poder Moral elaborado por él. Pero
respetuoso de la autonomía del Congreso, acepta su
decisión de no tomar en consideración el Poder
Moral, porque la mayoría lo ve como demasiado perfecto
y utópico y otros lo consideran peor que la Inquisición.
A mediados de 1819 el ejército republicano,
con Bolívar a la cabeza, atraviesa los Andes, derrota
el ejército realista de la Nueva Granada en el Pantano
de Vargas y en Boyacá, y entra triunfante en la ciudad
de Bogotá. En diciembre de 1819, a instancias de Bolívar,
el Congreso de Angostura crea la República de Colombia,
que comprendía a las actuales naciones de Venezuela,
Colombia, Panamá y Ecuador.
En 1820, tras arduas negociaciones, un armisticio
y un tratado de regularización de la guerra son firmados
en Trujillo por Bolívar y el General Morillo, quienes
se entrevistan y abrazan en el pueblo de Santa Ana el 27 de
noviembre. Estos tratados significan a la vez el fin de la
Guerra a Muerte y el reconocimiento tácito de la Gran
Colombia por el Gobierno de Fernando VII, dominado entonces
por el partido liberal.
Pero la paz no resulta duradera. En 1821,
se inician de nuevo hostilidades, y el 24 de junio se da en
la sabana de Carabobo la batalla decisiva para la independencia
de Venezuela, que será completada, en 1823, por la
batalla naval del Lago de Maracaibo. Después de Carabobo,
Bolívar es recibido en triunfo en su ciudad natal,
pero él vuelve ya la vista hacia el Ecuador, que todavía
dominan en gran parte los españoles. Como única
recompensa para él y para el ejército por la
victoria de Carabobo, pide de nuevo la libertad a los esclavos.
En 1822, el general Sucre marcha hacia Quito
desde Guayaquil, que se había sublevado antes contra
los realistas, mientras Bolívar ataca desde Popayán
por el norte. La batalla de Bomboná, dada por Bolívar
en abril de aquel año, quebranta la resistencia de
los terribles pastusos, defensores acérrimos del rey,
mientras que la acción liberadora de Pichincha, ganada
por Sucre el 24 de mayo, da la libertad definitiva al Ecuador.
Bolívar entra semanas después en Quito, donde
halla el gran amor de su edad madura, la quiteña Manuela
Saénz, justicieramente llamada 'la libertadora del
Libertador' porque le salvó la vida en dramáticas
circunstancias años más tarde.
El 11 de julio, Bolívar se halla en
guayaquil, en donde desembarca el día 25 el general
José de San Martín, procedente del Perú.
Allí se abrazan y se entrevistan los dos ilustres capitanes
de la Independencia Suramericana. Lo que conferenciaron en
privado, consta en los documentos auténticos emanados
de Bolívar y de su Secretaría General. El objetivo
principal del general San Martín, que era negociar
sobre el destino futuro de Guayaquil, no pudo realizarse,
puesto que la Provincia se había incorporado ya a la
República de la Gran Colombia.
Los últimos meses del año 1822
y la primera mitad del siguiente los pasó Bolívar
en el Ecuador, recorriendo el país, de Guayaquil a
Cuenca, de Loja a Quito y de allí a Pasto, en el sur
de la Nueva Granada, donde los campesinos partidarios del
rey se habían alzado nuevamente en armas y fue necesario
someterlos; y de nuevo volvió al sur del Ecuador, a
Guayaquil. Durante uno de esos viajes recordando con admiración
la impresionante mole del Chimborazo, redactó probablemente
en la ciudad de Loja, hacia octubre de 1822, su conocida página
literaria 'Mi delirio sobre el Chimborazo', dónde expresa
profundos conceptos filosóficos acerca del hombre,
el infinito y el universo. Sigue, entre tanto, atento al desarrollo
de la guerra en Venezuela, donde el general realista Morales
ha emprendido la ofensiva pero pronto será derrotado
en Maracaibo por mar y tierra. Le preocupa sobre todo lo que
ocurre en el Perú, pues después de la salida
del general San Martín de aquel país, debido
a las dificultades que tuvo con la oligarquía limeña,
sus sucesores en el mando no habían podido vencer al
poderoso ejército realista que todavía se sostenía
en el territorio peruano y representaba una seria amenaza
no sólo para la independencia del propio Perú,
que no estaba consolidada, sino para los demás países
de Sur América.
En 1823, el Congreso del Perú llama
al Libertador en su auxilio, pues los republicanos están
divididos y un potente ejército realista amenaza con
destruir la obra que había iniciado San Martín.
Bolívar desembarca en El Callao en septiembre de 1823,
y pasa de inmediato a Lima, donde al poco tiempo el Congreso
le concede poderes extraordinarios. Investido del carácter
de Dictador, para salvar al Perú, (como en la antigua
República Romana), Bolívar concentra todas sus
energías en este objeto, del cual es una excelente
síntesis su exclamación de Pativilca en enero
de 1824. Cuando un amigo, al verlo enfermo, en medio de traiciones,
le pregunta que piensa hacer, el Libertador responde: 'Triunfar!'.
Con el apoyo de ardientes patriotas peruanos como Unanue y
Sánchez Carrión, Bolívar enfrenta todas
las dificultades, las penurias, las traiciones y decepciones,
y supera también la enfermedad que mina su propio organismo.
La voluntad, indomable, está tensa para lograr la victoria.
Por eso él se llamó a sí mismo 'el hombre
de las dificultades'.
Su genio y su fe en el destino de América
hacen el milagro. En agosto de 1824, la victoria de Junín,
tremendo choque de caballería, inclina la balanza del
poder hacia la causa republicana. En diciembre, la batalla
de Ayacucho, ganada por el más destacado de los generales
del Ejército Republicano, Antonio José de Sucre,
pone fin a la Guerra de Independencia. ha concluido la etapa
militar y ha llegado la hora de la reorganización política
y social de los nuevos Estado, para fortalecer la unidad,
y con la paz, alcanzar el progreso.
En vísperas de Ayacucho, el 7 de diciembre
de 1824, Bolívar había convocado desde Lima
el Congreso de Panamá (el cual se reunió en
1826), para que las naciones hispanoamericanas se unieran
y fijasen una posición común frente a las grandes
potencias del mundo y ante España, que quería
continuar la lucha. El Congreso de Panamá representa
el primer paso firme en la vía de integración
latinoamericana. Para Bolívar las naciones hispanoamericanas,
a las cuales se incorporó Brasil, debían presentarse
unidas como países hermanos, sin mengua de sus soberanías
respectivas.
En 1825 el Libertador visita Arequipa, el
Cuzco y las provincias que entonces llamadas el Alto Perú.
Estas se constituyen en nación independiente, y lo
hacen bajo la protección del Libertador, en cuyo nombre
se inspira la nueva República: Bolivia. Para ella redacta
un proyecto de Constitución, que considera también
aplicable en líneas generales a los demás países
que su espada liberó. Dicta también muchos decretos
orientados hacia la Reforma Social, a fin de proteger al indígena,
defender los recursos naturales renovables, fomentar y extender
la educación, organizando escuelas y universidades,
abrir caminos, desarrollar la agricultura y el comercio: en
una palabra impulsar el progreso, que era objetivo principal
de su acción; pues la guerra no había sido sino
un medio de lograr la independencia para iniciar después
la verdadera revolución.
Es aquel el momento de máximo esplendor
la carrera del Libertador. A su paso por la aldea de Pucará,
en el Perú, un abogado de origen incaico, José
Domingo Choquehuanca, le había dirigido una arenga
profética el 2 de agosto de 1825 que concluía
así: 'Con los siglos crecerá vuestra gloria
como crece la sombra cuando el sol declina'. Hasta el Potosí
fueron a buscarle en octubre de aquel mismo año los
agentes diplomáticos de Buenos Aires, a fin de solicitar
su apoyo en el conflicto bélico que enfrentaba al Río
de la Plata con el Imperio del Brasil. Bolívar había
cumplido apenas 43 años. El 26 de octubre de 1825 ascendió
hasta la cima del cerro del Potosí, tesoro de España
en América, y desde allí lanzó una vibrante
proclama que era como la culminación de todo lo que
había ofrecido desde su juramento en Roma, hecho 20
años antes, y ratificado luego tantas veces, en las
playas de Barcelona, en las selvas de Guayana ... El sabía
a dónde quería ir, y llegó allí,
al sitio de su máxima glorificación. El Nuevo
Mundo antes español era libre. En un gesto simbólico,
por aquellos mismos días, Bolívar se afeitó
definitivamente su poblado bigote.
Para llevar a cabo sus vastos proyectos de
reforma sociopolítica, el Libertador cuenta ahora con
Simón Rodríguez, quien se ha vuelto a reunir
con él. Bolívar, en su madurez creadora, busca
de nuevo el apoyo de su antiguo maestro y amigo. Ambos aspiran
a una profunda transformación de las sociedades americanas,
mediante una educación para la democracia y el trabajo
ennoblecedor, basada en las realidades humanas, geopolíticas
y económicas del Nuevo Mundo. Pues para ellos - y para
hombres como Gual, Revenga, Vargas, Mendoza, Sucre, Bello...-
la independencia sellada por las armas en Boyacá, Carabobo,
Pichincha, Junín y Ayacucho no era sino el primer paso
en la marcha de América Latina hacia la plena auto-determinación:
no bastaba con ser independientes de España, era necesario
ser también libres; y para ello existían dos
palancas, como el propio Bolívar lo había expresado
en el Discurso de Angostura: el trabajo y el saber.
Pero los sueños se desvanecieron; y
los proyectos se transformaron en utopías para que
futuras generaciones las hiciesen realidad.
En abril de 1826, una revolución acaudillada
por el general Paéz, la Cosiata, había estallado
en Venezuela. Bolívar regresa de ese año al
suelo natal por la vía de Bogotá y logra restablecer
la paz, evitando los horrores de la guerra civil, en enero
de 1827.
Durante los seis primeros meses de 1827, que
Bolívar pasó en su ciudad natal, no sólo
logró establecer la paz y la armonía al detener
la marcha hacia la guerra civil, restaurando al mismo tiempo
el sentido de la autoridad y el orden público, sino
que se enfrentó también a la tremenda crisis
económica que entonces atravesaba Venezuela, consecuencia
de la bancarrota de unos bancos ingleses donde estaban depositados
parte de los fondos del Estado Gran Colombiano, y de una crisis
económica mundial. Se esforzó por poner orden
en la hacienda pública, lograr que los deudores pagasen
lo que debían al gobierno, y combatir la corrupción,
en lo cual tuvo dos muy eficaces colaboradores en Cristóbal
Mendoza y José Rafael Revenga. Junto con este último
y con el Dr. José María Vargas, eminente médico
venezolano, quien fue nombrado Rector de la Universidad de
Caracas, se renovó la estructuras de esta institución,
transformándola de colonial a republicana, y abriéndola
a todos los jóvenes deseosos y capaces de estudiar.
Pero las fuerzas de la disociación
predominan sobre la tendencia hacia la unidad; las mayorías
se dejan arrastrar por sus pasiones. Bolívar se distancia
cada vez más del vicepresidente de la República,
Francisco de Paula Santander, quien desde Bogotá le
hace una oposición despiadada. Una Convención
reunida en Ocaña se disuelve sin haber logrado reorganizar
la República, pues los diversos partidos están
en total desacuerdo.
Bolívar, aclamado dictador en Bogotá,
acepta el mando para tratar de salvar su obra, y es víctima
allí de un atentado contra su vida, el 25 de septiembre
de 1828. Su sangre fría, el valor de los edecanes,
y la presencia de espíritu de Manuela Sáenz
le salvan la vida en tan triste ocasión.
Poco después, ha de ponerse en campaña
para enfrentar la invasión de los peruanos en el sur
de la República y permanece en el Ecuador durante casi
todo el año de 1829. En su ausencia, el Consejo de
Ministros proyecta establecer una monarquía en Colombia,
pero Bolívar rechaza con energía toda insinuación
al respecto, y reitera su antigua divisa: 'Libertador o muerto'.
A comienzos de 1830 está de nuevo en
Bogotá para instalar el Congreso Constituyente que
se espera podrá salvar la unidad de la Gran República.
Pero Venezuela se agita de nuevo, y se proclama Estado Independiente.
La oposición crece y se fortalece en toda partes. Bolívar,
enfermo y agotado, renuncia a la Presidencia y marcha a la
costa con el propósito de viajar a Europa. El asesinato
en Berruecos del General Sucre, quien hubiese podido ser el
continuador de su obra, y el rechazo de quienes entonces gobiernan
en Venezuela, le afectan profundamente.
La muerte, misericordiosa, le sorprende en
San Pedro Alejandrino, una hacienda cercana a Santa Marta,
el 17 de diciembre de 1830. Su última proclama, firmada
el día 10, después de haber recibido los auxilios
espirituales de un sacerdote, es un elocuente testimonio de
su grandeza, de su desprendimiento y de la rectitud de su
espíritu. Es, también, y sobre todo, un legado
donde señala rumbos hacia el futuro.'
Los pueblos que liberó su espada conservan
la esperanza de que sus hombres revivan el espíritu
de Simón Bolívar y culminen su obra. |